La fábula de los pescadores

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Tomo prestada esta historia del libro “La culpa es de la vaca para líderes” de Jaime Lopera Gutiérrez y Marta Inés Bernal Trujillo (Intermedio Editores, 2012. ISBN: 978-958-757-142-4)

Había una vez una aldea donde existía un grupo de personas que solían llamarse pescadores. Todos los que se llamaban así, se reunían con frecuencia a conversar sobre el oficio, la abundancia de peces en todas partes y los diversos procedimientos para pescar. De hecho, toda el área donde vivían estaba rodeada de lagos llenos de peces.

Como defendían el ser pescador como un oficio muy importante, construyeron altos y bien diseñados edificios para centros de acopio, de información y de capacitación de pescadores. Con frecuencia recibían a otros pescadores con el objeto de difundir las virtudes de la pesca y promoverla en sitios lejanos. Unos comités especiales señalaban los procedimientos de pesca que debían ser considerados para los nuevos aprendizajes.

Lo cierto del caso es que ninguno de ellos, ni nadie en sus comités de apoyo, pescaban. Muchos pescadores habían obtenido doctorados en pesca, pero sus maestros no pescaban: sólo enseñaban a pescar.

Más adelante, los pescadores construyeron grandes imprentas para publicar guías de pesca, que se mantenían ocupadas, día y noche, produciendo textos sobre métodos, equipos y programas para motivar a la pesca. En cierto momento se creó un departamento de oradores para reforzar tales fines.

Después de una notable conferencia sobre “La necesidad de la pesca en sociedades desarrolladas”, dos jóvenes abandonaron la reunión y se fueron a pescar al extranjero. Al día siguiente, uno de ellos reportó haber atrapado cien peces y elaboró una “Monografía de la pesca eficiente”.

El otro sólo pescó dos peces muy grandes y pesados, y fue honrado con una medalla de resultados. Entonces dejó de pescar y atravesó el mundo contando sus experiencias a todos los pescadores. Finalmente obtuvo un puesto como miembro de la junta directiva de la entidad que lo había patrocinado.

¿Cuál es la moraleja de esta fábula?

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